El amor, motor de vida

La afectividad es la base del desarrollo emocional saludable de lxs niñxs

¿Quién de nosotros puede sobrevivir y vivir sin AMOR? Amor como contacto corporal, miradas y voz afectuosas, comunicación respetuosa, escucha activa, presencia, atención... que ve, reconoce y acepta el otro. Somos sociables por naturaleza y, desde el momento en que nacemos, necesitamos los cuidados y el afecto de mamá, papá o de un adulto para mantener nuestra existencia y así, sentirnos confiados y seguros para lanzarnos a descubrir mundo.

¡Necesitamos sentirnos amados y amar! El equilibrio entre dependencia y autonomía es posible si lxs niñxs sienten llena su jarrita de amor y tienen la libertad de expandirse y relacionarse con lxs otrxs, si así lo desean. Hablo de ese amor que se da, pase lo que pase, sin esperar nada a cambio y que está ahí en todo momento. No es fácil y es un aprendizaje de todxs a lo largo de nuestra vida ya que somos humanxs y nos enfadamos, nos entristecemos y podemos perder la paciencia después de un día largo y cansado. Pero lo importante es nuestra capacidad, día tras día, de ver y estar en lo esencial que nos une a nuestros hijxs, alumnxs...La falta de afecto no puede compensarse con regalos, dulces, dibujos porque el amor pertenece al mundo del sentir, no al material.


Un día una mamá me comentó que su hijo de cuatro años le pedía estar con ella cada mañana un rato para jugar en casa antes de ir a la escuelita pero a menudo las rutinas se comían la mañana o reducían el tiempo para ellos. Cuando ya estaban en la escuelita, el niño pedía a su mamá que lo acompañara a leer un libro, a dibujar... que estuviera con él alargando así la despedida hasta que un día, en ese momento tan delicado, lloró. La mamá, escuchando la necesidad auténtica de su hijo, habló con él para levantarse más pronto y así estar más tiempo juntos. El niño aceptó encantado aunque implicara dormir menos.


Lxs niñxs suelen hacernos de espejo, mostrándonos a su manera, en qué no estamos presentes y qué hace falta que atendamos. Como padres, educadores, acompañantes y adultos que estamos al lado de lxs niñxs, en el día a día de su cuidado, la práctica no resulta tan sencilla. Todos tenemos nuestra propia historia de vida llena de experiencias que nos han hecho ser quienes somos, sobretodo, durante la infancia. Y podemos enredarnos en nuestras necesidades no satisfechas, heridas, miedos y limitaciones... de manera que, inevitablemente, al estar en contacto con lxs niñxs se nos mueven cosas.

Tenemos la oportunidad de aprender y transformarnos. Es un proceso que empieza mirando en nuestro interior, sigue tomando conciencia y continua con el cambio. Está claro que tenemos ritmos y necesidades diferentes adultxs y niñxs de manera que es un reto encontrar el equilibrio entre dentro y fuera, yo y tú, lo mío y lo tuyo... Este dar y recibir nos puede llevar a confusiones si como adultxs no nos escuchamos ni respetamos y por lo tanto, no somos coherentes con lo que sentimos, pensamos, hacemos y expresamos. Amar a lxs niñxs implica dar desde el corazón sin perdernos y sin tener expectativas. Cada vez hay más mamás y papás que buscan un hueco a la semana para lo que necesitan y les hace felices a nivel personal: excursiones a la naturaleza, leer, ioga, capoeira, ganchillo... entre otras muchas posibilidades.


El amor sano va acompañado del respeto mutuo en cualquier relación. Y el respeto no se entiende sin libertad que, a la vez, va de la mano de los límites. Libertad de cada uno para moverse, sentir, expresar, comunicarse, experimentar, crear, jugar, escoger, pensar, hacer, vivir... al fin y al cabo, de ser uno mismo. Ésta es la base de la educación respetuosa que acompaña el desarrollo del potencial de lxs niñxs quienes se relacionan con lxs otrxs y el entorno desde su propia voluntad. La toma de decisiones propias hace posible que lxs niñxs vean las consecuencias de éstas y asuman su responsabilidad. Nosotrxs como adultxs los acompañamos con límites para orientarse y conocer la realidad física, social y cultural en la que viven creando un entorno relajado de convivencia para todxs.

Recuerdo a una niña de tres años que había creado un juego de lo más divertido recorriendo el pasillo arriba y abajo de un proyecto educativo donde estuve como acompañante. Los espacios interiores eran tranquilos de manera que no se podía correr, gritar...toda actividad de mucho movimiento y ruido se hacía en los espacios exteriores de psicomotricidad y el arenal. Pero el pasillo alargado de la entrada resultaba tentador para hacer carrerillas. Dos veces me acerqué a ella, me puse a su altura, puse la mano como señal de parar el movimiento y le dije: "Aquí en el pasillo no corremos. Si necesitas correr, tienes el espacio de psicomotricidad o el arenal". Aún así, la niña continuó con su juego. La consecuencia del límite fue acompañarla a los espacios adecuados, previamente diciéndole, para que pudiera satisfacer su necesidad motriz y a la vez respetar el juego tranquilo de lxs otrxs niñxs.


Tan sólo experimentando la libertad llegaremos a comprenderla. Las vivencias propias que están en armonía con nuestras necesidades auténticas y con el proceso vital en el que estamos, son las que hacen posible nuestro crecimiento y desarrollo integral.

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Mònica Benguerel Moruno
mujeresymaestras@gmail.com
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